La jubilación mínima: el gran festín del 1%, por David Doti

Dicen que los jubilados son una prioridad. Lo repiten en campaña, lo afirman en los discursos y lo recuerdan cada vez que aparece una cámara de televisión. El problema es que cuando llega la hora de demostrarlo, la prioridad parece quedar archivada en algún cajón junto a las promesas electorales.

Hoy un jubilado que cobra la mínima recibe apenas 20.295 pesos por mes. Veinte mil doscientos noventa y cinco pesos después de toda una vida de trabajo, de madrugar, de aportar, de construir un país que ahora le agradece sus servicios con una cifra que apenas alcanza para sobrevivir.

Pero atención, porque llegan las buenas noticias. El gobierno anunció un aumento extraordinario del 1% que se cobrará en agosto, sumado al 2% otorgado en julio de 2025. Sí, leyó bien: un glorioso 1%.

Es conmovedor. Uno imagina a los técnicos haciendo complejos cálculos durante meses para determinar semejante esfuerzo fiscal. Después de todo, para quien cobra la mínima, ese 1% representa poco más de 200 pesos mensuales. Una cifra capaz de cambiar radicalmente la vida de cualquier persona… siempre y cuando viva en el Uruguay de 1950.

Claro que inmediatamente aparecen quienes recuerdan que en el período anterior se otorgaba un 3% extraordinario. Y es cierto. Sonaba mejor. El problema era el pequeño detalle de que luego se descontaba del ajuste de enero. Es decir, era como si alguien le prestara un paraguas en medio de una tormenta y al llegar a su casa se lo quitara junto con el impermeable.

En definitiva, la diferencia parece ser que antes les daban una aspirina y después se la cobraban, mientras que ahora les entregan media aspirina y aclaran que no la descontarán más adelante. Un progreso extraordinario que seguramente será estudiado por los economistas del mundo entero.

Lo verdaderamente triste es que detrás de los porcentajes hay personas. Hay hombres y mujeres que trabajaron cuarenta o cincuenta años, que aportaron religiosamente, que criaron familias y ayudaron a levantar este país. Personas que hoy deben hacer malabares para pagar medicamentos, tarifas, alimentos y alquileres mientras observan cómo los gobernantes discuten cifras que para ellos son insignificantes, pero que para un jubilado significan la diferencia entre llegar o no llegar a fin de mes.

Y así seguimos, de gobierno en gobierno, asistiendo al campeonato nacional de la sensibilidad ausente. Cambian los partidos, cambian los ministros, cambian los discursos, pero la jubilación mínima sigue siendo mínima y el respeto por quienes trabajaron toda una vida parece ser también cada vez más mínimo.

Porque cuando un país celebra como una gran conquista un aumento de poco más de 200 pesos para quienes menos tienen, el problema ya no es económico. El problema es moral.
Y eso, lamentablemente, no se arregla con un 1%.