Escribe Julio Norte Werner
La muerte del líder Fidel Castro no abrió solamente una disputa por nombres o cargos. Abrió algo mucho más profundo: el vacío histórico que deja una figura capaz de sintetizar, en sí misma, la voluntad colectiva de un pueblo entero. Cuando desaparece quien durante décadas funcionó como brújula política, como símbolo moral y como punto de referencia emocional, la transición deja de ser un simple recambio institucional para transformarse en una batalla por el sentido.
Ese pueblo, asediado por el bloque de Estados Unidos que genera carencias materiales, bloqueos económicos y contradicciones internas, convive diariamente con el desgaste. Las colas, la escasez, la emigración de jóvenes y el cansancio social erosionan la paciencia popular. Allí aparecen también las deformaciones inevitables: burocracias enquistadas, oportunismos, mercados paralelos y desigualdades que crecen al calor de la necesidad. La promesa revolucionaria choca, muchas veces, contra la crudeza del plato vacío y la incertidumbre cotidiana.
Sin embargo, hay algo que desconcierta a quienes observan esa realidad únicamente desde la lógica económica. Porque el pueblo no termina de quebrarse. No se entrega del todo. No renuncia completamente a su memoria histórica.
La explicación no puede buscarse solamente en el aparato estatal ni en la disciplina política.
Lo que mantiene vivo el legado es otra cosa: la conciencia acumulada de haber conquistado dignidad frente a un orden mundial que siempre los quiso subordinados. Un pueblo puede soportar enormes privaciones materiales cuando siente que perder su proyecto histórico significaría volver a ser colonia, volver a ser humillado, volver a pertenecerle a otros.
La unidad no nace de la ausencia de conflictos. Nace del recuerdo compartido de las luchas que los constituyeron como comunidad política. La épica, cuando logra encarnarse en generaciones enteras, deja de pertenecer a un líder para convertirse en patrimonio colectivo.
Por eso, incluso en medio de la crisis, aparece la creatividad popular como mecanismo de supervivencia. Redes de solidaridad barrial, formas informales de cooperación, invenciones cotidianas para resolver lo imposible, humor en medio del derrumbe y una capacidad admirable para reorganizar la vida con casi nada. Allí sobrevive el núcleo más profundo de la experiencia revolucionaria: la idea de que el individuo solo puede salvarse junto a otros.
Pero también existe una advertencia histórica. Ningún legado puede sostenerse eternamente únicamente sobre la memoria heroica. Cuando la épica deja de dialogar con las nuevas generaciones, corre el riesgo de convertirse en liturgia vacía. El desafío verdadero no es conservar intacto el pasado, sino lograr que el pueblo siga sintiendo que ese proyecto todavía le pertenece y todavía puede ofrecer futuro.
Porque las revoluciones no mueren solamente cuando las derrotan desde afuera. También mueren cuando dejan de producir esperanza.
Hay una muletilla que dice «me quede en Fidel” para poder reafirmar que toda esa etapa está bien y poder criticar lo nuevo que, con aciertos y errores, se está asumiendo en la difícil tarea de continuar luego de FIDEL. Pero esta frase deja abierta la pregunta, y es ¿qué hacemos por todo lo que fue hecho por FIDEL? ¿Qué hacemos, lo dejamos a la deriva, que se derrumbe y abandone todo lo que está bien, incluso el amor por el otro? Porque, lo que viene como oferta de distinto, es una muestra más de todo lo que está mal en el mundo
Agradezco la oportunidad de ver el momento tan difícil en que se encuentran, pero el hecho de poder abstraerme por no padecer el bloqueo criminal, (o sea tener medicamentos, energía para el celular, alimento frio o caliente según me guste), me permite asegurar que pude ver cómo la historia cobrar vida en el banco de una plaza, como el pasado, del que me habían contado, era realidad, donde las penurias en timbre de voz se hacían reafirmación de los valores que exportaban al mundo y a la cual fui a ver en persona.
Los cubanos son un pueblo digno que merece la libertad de vivir bajo la forma que quieran, después de todo es su isla, su vida, su romance por la rosa blanca. Un ejemplo de superación que no pide imposibles, sólo vivir de su trabajo, tomar su Canchanchara, bailar para celebrar y, como dijo alguien, «Cuba es única, tanto que enamora hasta en el más simple de los actos como sentarse en el banco de una plaza»,


