Ética: la palabra que algunos dejaron olvidada en el cajón, por David Doti

Dicen que el ejemplo empieza por arriba. Entonces, cuando desde la máxima responsabilidad del país aparecen situaciones que generan serios cuestionamientos éticos, el mensaje que recibe la sociedad es devastador.

¿Cómo se explica que un presidente acepte comprar un vehículo con un descuento del 25%? Aunque pueda buscarse una explicación, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿era éticamente correcto? Porque no todo lo que puede ser legal termina siendo moralmente aceptable para quien debe dar el ejemplo.

Y cuando el costo político se vuelve demasiado alto, aparece la vieja receta: intentar tapar el sol con un dedo. Donar una camioneta que pertenecía a su actividad política puede sonar generoso, pero muchos ciudadanos se preguntan si no fue simplemente un intento de apagar el incendio que él mismo había provocado.

Como si eso fuera poco, también surgieron cuestionamientos por el pago del Impuesto de Primaria y por la regularización de una propiedad tras reformas realizadas. Más allá de las explicaciones que puedan darse, la imagen que queda es la de un país donde pareciera haber ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda.

Porque la gran pregunta es inevitable: si esto le hubiera ocurrido a un ciudadano común, ¿habría recibido el mismo trato? ¿O ya tendría multas, intimaciones, recargos y toda la maquinaria del Estado funcionando a máxima velocidad?

La ética no admite descuentos. La responsabilidad tampoco. Quien ocupa un cargo público debe ser el primero en cumplir y el último en buscar privilegios.

Cuando los gobernantes olvidan que el ejemplo vale más que mil discursos, no solo se deteriora su imagen: se erosiona la confianza de toda una sociedad.

Y recuperar la confianza perdida… eso sí que no tiene descuento.