El partido que decidí no jugar más, por Carlos Arredondo

Hay confesiones que, en determinados momentos, parecen más difíciles de decir que otras. La mía, últimamente, provoca sorpresa, incredulidad y hasta cierta preocupación entre amigos y allegados: ¿Cómo que no viste el Mundial?

La pregunta parece sencilla, pero en un país como el nuestro encierra mucho más. Porque el fútbol no es solamente un deporte. Es una pasión, una identidad, una conversación permanente. Es parte del paisaje cultural uruguayo.

Y justamente por eso llama tanto la atención que alguien decida mirar hacia otro lado.

Durante buena parte de mi vida fui parte de ese mundo. Seguí el fútbol con atención, viví la selección uruguaya, sufrí y disfruté cada partido, y defendí con orgullo los colores de mi querido Nacional de Montevideo.

No hablo entonces desde el desconocimiento ni desde el desprecio. Hablo desde alguien que estuvo ahí.

Pero algo empezó a cambiar.

No fue una decisión repentina. No hubo un día en que apagué el televisor y anuncié que abandonaba el fútbol. Fue un proceso. Una acumulación de preguntas, de observaciones y de experiencias que, con los años, fueron modificando mi mirada.

Hasta que comprendí que detrás de esa enorme estructura llamada fútbol existe algo más que un simple juego.
Hay una gigantesca maquinaria de emociones, intereses, negocios, mentiras, símbolos y relatos que, perversamente, solo buscan nuestra distracción. Un espectáculo perfectamente diseñado para ocupar nuestra atención, nuestras conversaciones y buena parte de nuestro tiempo; Que nos idiotiza y nos hace decir, pensar, sentir y desestimar, lo que a quienes están detrás se les ocurra y quieran.

Y entonces apareció una pregunta incómoda:

¿Estamos frente a una simple forma de entretenimiento o frente al mayor distractor jamás creado?

Los antiguos romanos tenían una fórmula conocida: pan y circo. Ofrecer espectáculos capaces de mantener entretenidas a las masas, distraídas de los problemas centrales y concentradas en aquello que ocurría dentro del escenario.

Han pasado siglos. Cambiaron los escenarios, cambiaron las tecnologías y cambiaron los protagonistas. Pero quizás algunas lógicas permanecen intactas.

Hoy los coliseos tienen millones de espectadores conectados al mismo tiempo. Las multitudes ya no se reúnen solamente en una arena de piedra, sino también frente a pantallas que llegan hasta el último rincón del planeta.
Y esto no significa negar la belleza del deporte, la emoción de una jugada, la alegría de un triunfo o el sentimiento genuino que despierta una camiseta.

Significa preguntarse qué lugar ocupa cada cosa en nuestra vida.

Porque el problema no es disfrutar de un partido. El problema aparece cuando algo deja de ser una elección y se transforma en una obligación social. Cuando parece que quien no participa del ritual queda fuera de la conversación, como si no mirar el mundial fuera casi una falta.

Me llevó más de 50 años advertirlo, y también me llevó atravesar una etapa que marcó profundamente a mi generación: la pandemia. O la «plandemia», como decidí llamarla desde mi propia interpretación de aquellos acontecimientos.

Un tiempo en el que muchas certezas se pusieron en duda, en el que aparecieron nuevas preguntas y en el que muchos comenzamos a observar con otros ojos estructuras que antes parecían incuestionables.
Después de eso, algunas cosas dejaron de tener el mismo significado.

No porque haya perdido la capacidad de emocionarme. No porque no valore una historia bien contada, una competencia sana o una pasión compartida, sino porque entendí que hay juegos que jugamos simplemente porque todos los juegan, y porque pocos así lo quieren. Porque fuimos educados para hacerlo. Porque nunca nos detuvimos a preguntar si realmente queríamos participar.

Y llega un momento en la vida en que uno decide revisar las reglas en busca de recuperar algo mucho más importante: la capacidad de elegir dónde ponemos nuestra atención.

Porque una sociedad que deja de hacerse preguntas corre el riesgo de aceptar cualquier respuesta, a tal punto que hasta puede llegar a votar a Yamandú Orsi como Presidente del país…o a Lacalle.
Yo ya no soy parte de este juego…y tampoco de otros.

Pero de eso escribiré algún día.