Históricamente Guichón ha sido una ciudad muy tranquila, en la cual literalmente “se podía dormir de puertas abiertas”. No obstante, en los últimos tiempos, tal situación ha cambiado radicalmente, registrándose de manera reiterada actos delictivos como hurtos, daños, violaciones de domicilios, riñas, disparos con armas de fuego, violencia privada, alguna rapiña, entre otros ilícitos. Todos hechos, que, por su gravedad y reiteración, tienen en vilo a la comunidad.
Para intentar entender y encontrar las causas del éste fenómeno, debemos partir de la base que en la dimensión social, muchas cosas han cambiado en Guichón. En este sentido, en el último periodo inter-censal (2011-2023), la ciudad de Guichón ha crecido en aproximadamente en unos 800 habitantes, concretamente se pasó de unos 5000 a 5800 (datos del INE), lo que representa un crecimiento de casi el 15% (muy por encima de la tasa de crecimiento nacional). Téngase en cuenta que en el periodo que va de los años 1996 a 2011 el crecimiento poblacional en Guichón ciudad fue muy bajo o casi nulo.
Es claro y no necesita explicación, el hecho de que el crecimiento es de naturaleza migratoria y no natural o vegetativa (la tasa de fecundidad incluso ha disminuido). El polo de atracción, de acuerdo a lo que razonablemente se puede observar, podría explicarse (entre otros emprendimientos) por las instalaciones del “Vivero Santana” y del “Hotel Salinas del Almirón”. Pero, seguramente, hay un número importante de nuevos habitantes que han llegado por otras razones.
Toda comunidad que registra importantes crecimientos de población en periodos cortos corre el riesgo de que se vea afectada drásticamente la cohesión social. La integración se resquebraja, incluso puede estar bajo amenaza hasta la propia identidad del terruño. Y creemos que esto le puede estar pasando a Guichón.
Ya no están solamente los grupos familiares que todos conocemos, sino que han llegado personas que seguramente profesan otros valores que, en algunos casos “se dan de bruces” con la misma idiosincracia y el ser guichonenses, haciendo muy difícil el proceso de asimilación cultural.
Este cambio de escenario ha sorprendido a una población que tenía “la cincha floja”. Nadie siquiera pensó que la llamada “inseguridad ciudadana” iba a “golpear la puerta”. “El campo estaba bien abonado”.
Esta nueva realidad, que vino para quedarse, exige que modifiquemos drásticamente la “visión y la acción”. No se trata de “reprimir y plantar la bota”, se trata de entender el ¿por qué? y el ¿cómo? y lidiar con el flagelo. La fuerza debería ser el último recurso y en la medida en que hayan fracasado todos los demás medios y estrategias.
Quizás lo primero que tendríamos que repensar es si Guichón volverá a ser el de aquellos tiempos. Particularmente creemos que no (no queremos ser pesimistas, intentamos ser realistas).
En consecuencia, entendemos imperioso modificar estructuras y condiciones. Por ejemplo, no podemos pretender que en el marco de este modelo socio-económico-laboral no haya procesos de exclusión masivos, lo que a su vez genera “grandes resentimientos” en aquellos grupos que cada vez ven alejarse más la posibilidad de acceder a las mínimas recompensas sociales. Si bien esto es deber y responsabilidad de las políticas del gobierno nacional, la comunidad local puede hacer mucho, también.
En otro orden, la gestión de los espacios públicos, en cuanto a la vigilancia disuasiva y a la seguridad, es casi inexistente; como pasa con la necrópolis local, el parque municipal, el predio de AFE, la plaza de deportes, el vertedero y muchos otros. Ni hagamos referencia a la falta de una eficiente red de iluminación artificial en gran parte de la ciudad. Para que funcione el proceso de disuasión deberán fortalecerse los recursos humanos y logísticos de la Policía (en cantidad y grupos de respuestas especiales).
Sin perjuicio de algunos avances en la instalación de cámaras de vigilancia, parece bastante evidente que no se tienen los recursos como para una presencia policial estratégica en diversos puntos de la ciudad (no hay un puesto en la ruta, no hay destacamentos en otras zonas de la ciudad que no sea la misma seccional). No sirve de mucho que cada tanto haya una acción policial notable; es de sentido común pensar que la verdadera solución va de la mano de una presencia territorial permanente.
Otro aspecto que debería estar nuevamente en el debate es la necesidad, en la localidad, de un Juzgado Letrado y de una Fiscalía.
Más allá de lo que hemos referido sobre la Policía, la Justicia y la Fiscalía, pensamos que en el “primer orden de llamamiento” a organizar y liderar procesos de cambios, está la máxima autoridad de la comunidad y ésta es el Concejo Municipal de Guichón. Es el órgano que se ubica en la “primera línea” de la representatividad política (real y simbólica). Y, por lo tanto, es el encargado de la coordinación de todas las políticas en el territorio y en el caso que nos ocupa, también (la seguridad ciudadana).
La acción municipal debe estar en línea con un proyecto de desarrollo “transformacional”. No sólo se trata de arreglar una calle o colocar un foco de luz, se trata de diseñar y accionar, sin desconocer que las dimensiones económicas, sociales y culturales, ambientales y políticas forman parte de la gobernanza local.
Hacemos votos para que se den los cambios que Guichón hoy necesita. No será sencillo, ni rápido. Tampoco será sencillo convencernos de que no todo ya será igual. No obstante, es importante saber que, toda amenaza representa una oportunidad.
Salvador Bosco Pereyra Coppes